UN NOVILLO AGRADECIDO
por Mario Carrión

"Mario, mira estas fotos de mí con un Miura", decía el texto de un mensaje electrónico que mi buen amigo Pepe Céspedes me envió el invierno pasado. Abrí los documentos gráficos insertos en el mensaje y me quedé sorprendido por lo que vi. Dos de las fotos mostraban a mi amigo relajado dentro de un rústico corral, sosteniendo una mazorca de maíz en la mano para alimentar a un eral, que estaba más interesado en la comida que se le ofrecía que en la persona que la proveía. En la otra foto, Pepe estaba haciendo un temerario desplante rodillas en tierra, agarrando los pitones del bicho, mientras que este pacíficamente lo miraba.

De momento, pensé que las fotos eran una broma como lo era la referencia a un toro de Miura en el mensaje, pues el sumiso animal de las fotos estaba flacuchento y no parecía comportarse como uno espera que un toro bravo lo hiciera. De todas maneras, mi curiosidad me hizo telefonear a Pepe al día siguiente, para averiguar lo que había detrás de esas fotos y el significado del mensaje. Y si estuve sorprendido cuando vi las fotos, aun lo estuve más cuando oí lo que mi amigo me contó. Pero, antes de referirme a la asombrosa historia, tomo una pausa para presentar a Pepe Céspedes.

Pepe pertenece a una familia torera de Chiclayo, Perú. Es hijo del retirado matador peruano Paco Céspedes, con quien actué en una corrida en Guayaquil, Ecuador, en el año 1959, y es hermanastro del novillero de la misma nacionalidad Paquito Céspedes. Pepe, como yo, ha vivido en Maryland, Estados Unidos, por largo tiempo, pero no nos conocimos hasta hace unos quince años, cuando nuestro común amigo, y buen aficionado americano, Jim Toland nos presentó, y desde entonces hemos sido íntimos amigos. Juntos con Jim y varios aficionados fundamos la Peña Taurina de Maryland. Pepe también fue mi maestro, introduciéndome al extraño mundo cibernético, y con mucha paciencia me guió paso a paso a montar esta página Web.

Pepe, a menudo, ha acompañado a su padre a los tentaderos en donde, solamente por placer y sin tener ambición profesional, se ha atrevido a torear becerras en algunas ocasiones. Como él se crió en el ambiente taurino, sabe sobradamente el peligro que el ganado bravo presenta, ya que su padre sufrió graves cornadas durante su dilatada carrera. Por lo tanto, yo no me imaginaba que mi amigo fuera la clase de persona que tomara riesgos innecesarios, tal como arrodillarse indefenso ante un animal bravo.

Cuando me comuniqué con Pepe tuvimos una larga conversación hablando de su viaje a Perú, el estado de su padre y, por consiguiente, de su mensaje. La narración que sigue a continuación es un relato de lo que Pepe me contó de su experiencia con el eral cuya imagen aparece en sus fotos.

Paco Céspedes, el padre de Pepe, desde hace unos años ha tenido un problema circulatorio en las piernas, como consecuencia de una antigua cornada, y después de un largo tratamiento y varias operaciones para corregir el problema, los doctores se han visto obligado a amputarle una pierna el invierno pasado. Entonces, Pepe tomó una excedencia de su trabajo el pasado noviembre, con la intención de estar una temporada cerca de su padre durante esos duros momentos, y para ayudar con la organización de una corrida a beneficio de su progenitor.

La corrida se celebró en Trujillo el 23 de noviembre, 2003, y en ella actuaron cuatro matadores, un rejoneador y el novillero Paquito Céspedes, lidiando cuatro toros y dos novillos de diferentes hierros, donados por sus propietarios para ayudar al maestro. Pero por la mañana, en el reconocimiento los veterinarios no aprobaron el eral de Rancho de Cajamarca, que había enviado el ganadero Mario Andavak. Consideraron que la res, que pesaba cerca de 300 kilos, no tenía ni el trapío ni la edad propicia para ser lidiado en esa plaza, y fue substituido por un novillo con más presencia.

De todas maneras el ganadero Mario Andavak tuvo el gesto de regalar el eral al homenajeado matador, para que lo lidiaran en otro festival o para lo que Paco Céspedes quisiera hacer con él. Entonces el maestro peruano hizo arreglos para transportar el animal a la hacienda de un amigo cerca de su residencia en Chiclayo.

En Chiclayo el joven novillo fue encerrado solo en un corral, pero Pepe aclara que "el animal estaba muy nervioso e hizo muy difícil alimentarlo, porque cada vez que alguien se acercaba al corral, embestía agresivamente, mostrando su ascendencia brava de "Yencala". Consecuentemente, el alterado animal comenzó a perder más peso, de tal manera que decidimos hacer un cambio"

Con dificultad trasladaron al novillo al "Engordadero La Quinta" en la hacienda de Santiago Cubas que se encuentra también cerca de Chiclayo. Ese lugar se usa para engordar ganado para enviarlo al matadero. Pusieron al novillo en un corral con una manada mixta de ganado bravo y manso, y estos animales aceptaron de buenas ganas al recién llegado. Pero el novillo de Paco, a pesar de estar mas calmado que cuando estaba solo en el otro corral, continuó perdiendo peso. Entonces preocupado por la situación Pepe se quedaba largo tiempo cerca del corral para observar lo que ocurría. Entonces, descubrió lo que estaba sucediendo. Los toros que parecían haber adoptado al recién llegado, le estaban robando su ración, no permitiéndole acercarse al comedero hasta que ellos se habían inflado con el pienso.

Pepe, quién se había encariñado con el animal, sintió pena por él y buscó la manera de remediar la situación. Se le ocurrió alimentarlo desde afuera del corral, extendiendo el brazo para mostrarle una mazorca de maíz sostenida en la mano. Sin embargo, dudaba si el animal respondiera viniendo hacia él, pero como no tenía nada que perder así lo realizó. Lo inesperado sucedió. Cuando él le ofreció la comida al novillo, este se vino trotando hacia Pepe, y sin mostrar ninguna señal de agresión, se paró enfrente de él y tranquilamente comenzó a mordisquear la mazorca. Me decía Pepe en el teléfono:

Entonces, su hermano Paquito, quien estaba observando el intercambio pacifico entre el hombre y la bestia, casi en broma retó a Pepe a que se atreviera hacer lo mismo dentro del corral, sin una barrera entremedio. Pepe me explicaba su reacción de la siguiente manera:

Después de esa emocionante experiencia, Pepe disfrutó por unas semanas de esa privada y especial relación amistosa con ese bravo y noble animal, hasta que le llegó la hora de volver a Maryland. Aquí le pregunté a Pepe si su padre tenía algún plan para disponer del novillo. Me respondió, con un tono algo triste, que su padre estaba considerando dos opciones. Una era que Paquito lo toreara y lo matara a puerta cerrada, como entrenamiento para estar listo para el comienzo de su temporada, y la otra consistía en venderlo para una novillada o para el matadero.

Los aficionados que conocen tantas historias de toros bravos que han mostrado temporalmente una relación sin antagonismo con los humanos, podrían preguntar que distingue la experiencia de mi amigo de las demás. Mi respuesta sería que de todos los casos que yo he oído o leído que un toro bravo se haya relacionado mansamente con una persona, y en las pocas ocasiones que lo he presenciado. Este amansamiento ha sucedido paulatinamente durante algún tiempo. Además, la persona envuelta en esa rara relación ha sido siempre alguien como un vaquero o cualquier otra persona que haya vivido cerca o en el entorno del toro. En cambio, en el caso de Pepe, se podría decir que él tuvo un encuentro casual con el joven novillo, y la relación amigable entre ellos sucedió repentinamente.

No tuve la ocasión de volver a hablar con Pepe hasta junio, por yo estar viajando y, como tenía curiosidad por saber cual había sido el destino del novillo, lo volví a llamar. Antes de marcar su número, no sé porque recordé el fantástico argumento de la película norteamericana EL BRAVO. Este filme cuenta la historia de un niño que, viviendo en una hacienda, había criado un becerro huérfano como si fuera un perrito y, al crecer el animal, el ganadero lo vendió para ser lidiado en la plaza de toros de la Ciudad de México. Entonces, el chico se las avió para conseguir un indulto para el toro, y un momento antes del matador ejecutar la suerte suprema, llegó a la plaza y consiguió salvar la vida del astado. La tierna escena final de la película mostraba a un sonriente niño, saliendo de la Plaza México hacia la hacienda, seguido por un dócil toro.

Me hubiera gustado que la respuesta de Pepe sobre el destino de su novillo amigo me hubiera permitido escribir un tierno y fantástico final para su historia, como lo era el fin de EL BRAVO. Pero lo que sucedía en Perú era realidad, y no fantasía como en el celuloide de Hollywood. Por lo tanto, la información que me comunicó Pepe no era el material apropiado para escribir un final alegre. Por consiguiente dejemos a Pepe que concluya esta narración:

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