UNA OPINION: EL ACOPLAMIENTO ENTRE TORO, TORERO, TOREO Y PUBLICO

por Mario Carrión

"Toros inválidos", "…bien presentados, nobles pero faltos de fuerza…", "… el animal pese a ser un buen toro… no le sobraban las fuerzas…", "…prendido con alfiles…" "…perdiendo motor por momentos…", "…incapaz de mantenerse en pie…", "…imposibilitado para la lidia…", "…algo flojo, pero de buen juego…", "blando de remos…", "…noble pero blando…".

Estas frases se han escrito en crónicas aparecidas en la prensa española con referencia a la falta de fuerza de toros lidiados durante la corriente temporada del 2002. No creo necesario nombrar a las ganaderías, ni las plazas en que estos toros se lidiaron, ni tampoco el mencionar los periódicos en los cuales estas descriptivas frases aparecieron, pues han sido escogidas al azar como muestras de tantas expresiones similares que pudieran leerse en las crónicas de cualquier feria importante. Si el lector tuviera alguna duda sobre el particular, pudiera entrar en PORTAL TAURINO http://www.portaltaurino.com/ y encontraría en la sección "Toros en …" múltiples crónicas, catalogadas por temporadas, en las que se menciona la falta de fuerza de muchos animales bravos lidiados durante la corriente temporada y otras recientes.

Sin embargo, esas expresiones negativas referente al toro no son el producto de críticos acerbos, sino una reflexión de la realidad, que puede ser colaborada por cualquier aficionado que haya asistido a una serie de corridas de cualquier reciente feria de importancia, o que haya visto estas corridas en la pequeña pantalla de la televisión. A menudo se ven imágenes de impresionantes toros cuatreños, con excelente trapío, pero algo regordíos, que después de unas arrancadas pierden gas y ruedan por la arena. Estas caídas provocan en los diestros un cambio de estrategia en la lidia. O sea, que si el espada consigue levantar al toro, en vez de proseguir con un emocionante toreo de dominio de manos bajas y pases ligados, que es el toreo que más gusta y emociona, el diestro de turno cambia a una técnica cuya primera meta en mantener al toro de pie. Entonces, se acortan los quites, se disminuye el castigo con la vara y se aligera el tercio de banderillas; y con la muleta el diestro se ve forzado a cambiar a un toreo más lineal vaciando el viaje del toro hacia afuera, y a ejecutar una faena compuesta de abreviadas series con pases cortos a media altura para evitar 'el molestar y forzar' al toro. En estos casos, la faena se relentiza, con tiempos muertos entre pase y pase y con descansos que el torero le da al toro, retirándose de su cara por unos momentos, para que el animal recupere energías. El tiempo que transcurre en estos menesteres provoca a veces que suene un aviso antes que el diestro entre a matar. Además, dado que los pases de estas desligadas faenas parecen ser extraídos de un animal que embiste titubeante, como si lo hiciera por obligación sin ansias de atacar, la labor del torero transmite poca emoción al espectador, ya que la indolencia y debilidad del toro disfraza el verdadero peligro que tiene. En los casos más extremos, se han visto a toros que, rendidos, se niegan a levantarse y el puntillero se ve obligado a terminar con la vida del indefenso animal, mientras que el frustrado matador y el desilusionado público observan la triste escena.

Por otro lado, cuando el masivo y bien armado toro actual tiene la fuerza suficiente para soportar el peso excesivo que a menudo carga, muestra una bondad y bravura superior a los toros de hace tres décadas, permitiendo que se le haga una larga faena, compuesta por ajustados, templados y ligados pases, que al público agrada.

Sin embargo, este cóctel de volumen, casta, nobleza, movilidad, cierta agresividad, y sobretodo fuerza, no es hoy la norma en los productos bovinos de la cabaña brava española, sino la excepción. Así que el toro que se ha impuesto en la mayoría de los ruedos importantes europeos no es el animal más idóneo para que los toreros ejecuten el toreo contemporáneo, el que desde los cuarenta ha emocionado a los públicos.

A mi entender, el toreo es un arte dinámico que ha cambiado a través de su historia. Durante el desarrollo del toreo, han existido periodos durante los cuales los toreros han practicado un toreo condicionado a las cualidades del toro existente y a las exigencias de los públicos de esas determinadas épocas. Sin embargo de cuando en cuando, un singular maestro ha aparecido en la escena que, con su innovador estilo y técnica ha roto las normas del toreo, cambiando los gustos de la afición y motivando a los ganaderos a seleccionar un toro más apto para el reformado toreo.

El proceso de cambio del llamado 'toreo antiguo' al 'moderno' comenzó en la primera década del siglo XX y se consolidó en los años sesenta, cuando generalmente se lidiaba un toro idóneo que se ajustaba al toreo moderno y que, a la vez, satisfacía al gran público y a una mayoría de la crítica y la afición.

Generalizando, puede decirse que al principio del pasado siglo salía a los ruedos un voluminoso toro cinqueño con una bravura temperamental y peligrosa. Este animal presentaba enormes dificultades para su lidia y ofrecía pocas oportunidades para florituras. La meta del torero, y con el beneplácito de la afición, era dominar al astado con habilidad, valor y maestría y con destellos de gallardía y arte. A José Gómez "Joselito" se le reconoce en la tauromaquia como el mejor lidiador que existió en el toreo, ya que era capaz de dominar al animal más indómito. Entonces aparece Juan Belmonte efectuando un toreo parado dotado de plasticismo que rompe el lema del toreo antiguo 'te pones ahí, y cuando embiste el toro, o te quitas tú o te quita el toro'. El trianero y sus seguidores acostumbraron al público a saborear más la faceta artística que la tosca emoción del toreo dominador. Sin embargo, el toro del toreo antiguo no era el más apropiado para ello. Entonces, la nueva realidad del toreo indujo a los ganaderos a producir un toro con mas nobleza y menos fiereza y a lidiarlo con menos edad. Este proceso se interrumpe durante la Guerra Civil española 1936-9, cuando la cabaña brava casi desaparece en los estómagos de los hambrientos combatientes de ambos bandos.

Al iniciarse la paz en 1939, Manuel Rodríguez "Manolete" expande la faceta artística del toreo belmontista, pero a diferencia de Belmonte, el cordobés impone su toreo con un toro joven y chico, pero de ágil acometida. Esto no sucedió por la exigencia del diestro, sino por la necesidad, ya que no quedaban toros serios en las praderas. Existe entonces un desajuste, pues aunque la afición adora el modificado estilo de toreo, añora y empieza a demandar que se lidie un toro de más edad y presencia. Así que como consecuencia de esa justa demanda, a partir de 1945 comienza a salir al ruedo un toro con más trapío, edad y peso, pero manteniendo las cualidades necesarias para que se le pueda hacer el toreo moderno. El tren continuó en los cincuenta y culminó en los sesenta.

En los sesenta ya nos encontramos con una norma establecida por la cual se lidia en las plazas de primera, en muchas de segunda y algunas de tercera categoría un toro cuatreño, con un peso que oscilaba entre los 450 y los 500 kilos y sin estar excesivamente armado. Un toro que varía en presentación según el clásico prototipo de la rama ganadera a la que pertenecía. El público aceptaba a un 'miura' agalgado con una osamenta que le permitía cargar con ligereza más de media tonelada, o un voluminoso 'pabloromero', tanto como a un paticorto y largo 'barcial', con apenas los 450 kilos. Ahora sí, se esperaba que cualquiera que fuera su prototipo, el toro tuviera movilidad, cierta agresividad y fuerza para aguantar con pocas pausas una faena de dos decenas de pases ligados.

Por una década existió un consenso entre toreros, ganaderos y público, no excepto de la justa critica de la afición cuando abusos eran cometidos, lo que permitió que durante ese periodo saliera a los ruedos un toro apropiado para que el torero ejecutara el toreo moderno, y que transmitía con su peligro la emoción a los tendidos. Con ese toro las ortodoxas figuras de esa época, especialmente Paco Camino, Diego Puerta, "El Viti" y el heterodoxo Manuel Benítez "El Cordobés", más algunos veteranos diestros de los cincuenta como Antonio Ordoñez, nos hicieron vivir una era plateada del toreo.

Ahora bien, es mi opinión que, comenzando en los años setenta, sin que hubiera un cambio drástico en la manera de torear, ni un torero revolucionario que demandara un toro especial, por vez primera en la historia de la tauromaquia, la critica y un poderoso sector de la afición, primero en Madrid y luego en las principales plazas europeas, comenzó a exigir que se lidiara un toro voluminoso y cornalón, sin considerar la morfología natural del prototipo bravo de las diferentes ramas ganaderas. Desde entonces, muchos ganaderos, para satisfacer las exigencias de las autoridades que, presionado por ese sector de la afición y critica, demandaban un toro que sobrepasa el peso reglamentario, han seleccionado el ganado con el criterio principal del volumen. Al mismo tiempo, para contrarrestar la impresionante presencia del animal, los ganaderos con una vista comercial han rebajado los genes de agresividad y genio para dotar al animal con más la nobleza, para que sus productos sean escogidos por los que se ponen delante. El resultado puede ser tanto un noble bruto como un debilitado mastodonte, más lo último que lo primero.

El dilema es que si bastante toros continúan saliendo con la corpulencia y la falta de fuerza que en las plazas de importancia se han lidiado en las recientes temporadas, habría que aceptar sin protestas esas faenas anodinas a los débiles mastodontes mientras que se espera que, de cuando en cuando, salgan por los chiqueros esos nobles gigantes que permiten el ligado y artístico toreo moderno. Y si por el contrario se consiguiera que el toro gigante de hoy recuperara la casta, la agresividad y el genio y movilidad del toro de los sesenta, entonces tendríamos que ajustarnos a ver con más regularidad un toreo defensivo, como el de las primeras décadas del siglo pasado, cuando ese toro tuviera excesivo peligro; o el toreo heroico y acelerado que, de cuando en cuando, presenciamos, en las faenas a esos marrajos 'cebadagagos' o a otros astados de hierros similares. También, otra posibilidad sería, el aceptar de nuevo que salga al ruedo un menos voluminoso cuatreño encastado y bravío y con la movilidad de los astados de los sesenta, como los que permitieron a los diestros de esa era cuajar más a menudo emocionantes faenas.

Sea cual fuera el futuro de la fiesta, opino y confío que el dinamismo, que ha caracterizado el desarrollo del toreo a través de los siglos, encontrará un ajuste entre torero, toro y toreo que complazca al público y a una mayoría de afición y crítica.

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