VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO:
MI PRIMERA CAMPAÑA AMERICANA: EL ECUADOR 1956-1957
por Mario Carrión. Enero, 2007

 

Narrar las dos monumentales faenas de Posada y Carrión, los bravos toreros españoles, al primero y segundo de la tarde, se hace difícil. Eso quedó escrito como el evangelio con letras indelebles que perdurarán mientras exista la plaza “Arenas” y viva un aficionado que presenció aquello que fue de locura. Los diestros destaparon sus relicarios, lo pusieron en la sombra y en el sol, y bajo el cielo de Quito hicieron, lo que pocas veces se ha hecho en esta capital.

Volví a primeros de marzo a Quito donde razoné de nuevo que era ya tiempo para regresar a España, pues la temporada estaba a punto de comenzar, y yo estaba dispuesto a torear allí donde fuera y como fuera para intentar de duplicar en mi país los éxitos que estaba obteniendo en los ruedos ecuatorianos. Sin embargo cuando, como quien dice ya tenía un pie puesto en el avión, una nueva  empresa quiteña me hizo una ventajosa propuesta para volver a actuar el 31 de marzo en Quito. En un telegrama informé a mi apoderado del asunto, advirtiéndole que si no había conflicto con cualquier actuación que él hubiera apalabrado para yo actuar en España, yo aceptaría la ventajosa oferta. Al no tener una pronta respuesta eso fue precisamente lo que hice.

 

Un intercambio similar entre mi primo y yo se repetiría a principios de abril cuando recibí ofertas para torear dos corridas más: el 21 de abril en Riobamba en una corrida extraordinaria en honor a Camilo Ponce, Presidente de la República, y el 28 de abril otra vez más en Quito en la Corrida de la Prensa. Como consecuencia no regresaría Madrid hasta mayo, unos días después de que mi apoderado lo hizo.

 

Durante los meses de marzo y abril seguía viviendo mi vida en Quito con la misma intensidad que la había vivido hasta entonces. Todos los días entrenaba con Victoriano en la Plaza Arenas, de cuando en cuando toreaba vacas en el campo, y al mismo tiempo llevaba una intensa y agradable vida social. Sin embargo, durante los dos últimos meses no me encontraba completamente satisfecho con la situación, pues algo en mi interior me decía que después de mis triunfos en el Ecuador, y de la buena campaña publicitaria que en España se  había hecho, haciendo eco de esos éxitos, yo debería estar ya anunciado en algunas corridas.

 

Especialmente me desconcertaba el hecho que estos triunfos no hubieran motivado a la empresa a olvidar desavenencias administrativa para incluirme en un cartel del abono de la Feria de Abril de Sevilla, para presentarme como matador ante mis paisanos. Aun se me hacia más difícil aceptar esa posibilidad cuando mis padres me habían enviado varios recortes de la prensa sevillana y de la revista DIGAME, en los cuales se especulaba que mi nombre se barajaba entre los posibles actuantes.

Pero volvamos a lo que ocurría en Ecuador con referencia a mis tres últimas presentaciones.

             En la corrida del 31 de marzo del 1957 en la Plaza Arenas el veterano matador español Jerónimo Pimentel, Posada y yo nos enfrentamos con toros de “Antisana”.  El festejo se anunciaba como la corrida de nuestra despedida y, para hacerlo más interesante aun, se anunciaba que los espadas competiríamos por el premio “Oreja de Oro", donado por un conocido aficionado. Hubo un lleno y, a pesar del ganado, por su mansedumbre no colaborar con los tres espadas, conseguimos que el público saliera contento del recinto. Victoriano cortó la única oreja y, por consiguiente, el jurado merecidamente le adjudicó el trofeo en juego. Pimentel y yo pudimos cortar algún apéndice, pero fallamos en la suerte suprema, por lo que nos tuvimos que conformar con vueltas al ruedo. De nuevo el crítico “Gitanillo”, quien probablemente era parcial a mi toreo, especialmente después de yo brindarle mi primer toro, me enjuició de esta manera en EL DIARIO DEL ECUADOR:

Yo en cambio temblaba de coraje, pues no me conformaba solamente con otra vuelta al ruedo por haber fastidiado lo bien hecho con un par de pinchazos. De todas maneras, la cosa tuvo repercusión pues esa misma semana “El Pando”, Posada y yo firmamos un contrato para  torear el 21 de abril en Riobamba y, a pesar de ya ‘habernos despedido’ de la afición quiteña, unos representantes de la Asociación de la Prensa vinieron al hotel a rogarnos a Victoriano y a mi que nos quedásemos en Quito una semana más para, junto a Pimentel, de nuevo actuar en la Corrida de la Prensa, la que hacia años que no se celebraba en Quito. Victoriano que tenía unos contratos pendientes  en Tijuana, México, a donde viajaría pronto, aceptó la oferta, y como yo seguía sin recibir noticias de mi apoderado para reaparecer en España, también acepté. “Bueno, me despediría de mi público una vez más”, pensé.
 

La corrida en Riobamba del 21 de abril fue un éxito completo tanto para la empresa, que vio la plaza llenarse a rebosar, como para los tres espadas. Los toros eran también de “Antisana”, pero esa tarde salieron tres astados tan buenos como hermanitas de la Caridad y los otros tres mansos facilones. “El Pando”, Posada y yo empatamos en el corte de trofeos, dos cada uno, y los tres salimos en hombros por la Puerta Grande. El festejo se daba en honor del Presidente Ponce, quien nos honró con su presencia y a quien, siguiendo el protocolo, les brindamos el primer toro de nuestros respectivos lotes.  Por la noche asistimos como invitados a una fiesta en su honor.

 

Ahora de verdad, el 28 de abril nos despedimos al fin de Quito en la Corrida de la Prensa. Lástima que no nos hubiéramos despedido en la corrida de marzo, pues en la despedida final nos deberían haber tocado una marcha fúnebre en el paseíllo en vez de un alegre pasodoble, por la siguiente razón: las dificultades que presentaron para la lidia y las asesinas ideas que poseían unos toros, cuyo criador se jactaba que eran ‘los miuras ecuatorianos’, nos hicieron pasar las de Caín. Este reportaje de Alfredo Paredes en DIGAME describe lo que pudiéramos titular como ‘batalla taurina en la Plaza Arenas’:

 

 

Lo único bueno del festejo fue que pudimos contarlo, y lo peor para mí era que por primera vez supe como sonaban los pitos en la cima del mundo. Me dolía que mi público me hubiera hecho la chiva expiatoria del festejo. Pero razoné y comprendí que así es el toreo. En verdad los pitos que oí en el último toro, cuando me estaba jugando el pellejo, no iban dirigido hacia mí, sino al resultado catastrófico del espectáculo.

 

Así sería, pues durante los cinco o seis días que permanecí en Quito después del festejo fui objeto del afecto popular y de las atenciones de los amigos y aficionados. Parecía que con sus amables y cariñosas maneras me quisieran desagraviar por la injusticia cometida conmigo por un sector de público en la Corrida de la Prensa.

 

También, como en diciembre, cuando la prensa dio cobertura a la llegada de Victoriano y mia a Quito, ahora la prensa, al salir yo del país, me despidió con artículos que resumían mis logros en los ruedos ecuatorianos, proclamando el deseo de la afición de volverme a ver en diciembre, ya que “El Pando” había anunciado que me contrataría para actuar en Quito y en Guayaquil la próxima temporada invernal.

 

También, como a mi llegada, un grupo nutrido, ahora no de aficionados sino ya de amigos y partidarios, fueron al aeropuerto a despedirme. Pero sobretodo,  quedó grabado en mi el gesto cortés del Presidente Ponce de recibirnos de nuevo a “El Pando”, a Posada y a mí en la Casa Presidencial para obsequiarnos con un regalo para corresponder a nuestros brindis en Riobamba, y al mismo tiempo desearnos suerte como toreros en el futuro.

 

El aislamiento que siento en la cabina de un avión y el runrún de los motores, y cuando lucho por dormirme y no puedo, a menudo me instan a hacer un inventario mental de lo que sucede en mi vida, especialmente, cuando me ocurren sucesos significativos. Y como mis experiencias en Ecuador durante los más de cuatro meses pasados allí se podían catalogar como sumamente significativas, comencé a repasarlas, disfrutando de los recuerdos de tantas bonanzas acumuladas en mi ser, tanto en el campo profesional como en el personal, durante mi estancia en ese país ecuatorial.

 

No voy a repetir todo lo bueno logrado en el ámbito taurino, ya que acabo de relatarlo con la perspectiva de un medio siglo pasado. Solo añadiré que las consecuencias no solamente fueron para mi beneficio personal por haber multiplicado por cinco el número de mis actuaciones, basado en las dos corridas que traía originalmente contratadas, y por haber dejado abiertas las puertas de las plazas de toros ecuatorianas para entrar por ellas la próxima temporada; sino que también fueron para el bien de la fiesta, ya que en unión de Posada y gracias a la iniciativa de “El Pando”, había contribuido al despertar la adormecida afición ecuatoriana.

 

En lo personal sentí que quizás por cada mes pasado solo en Ecuador, sin apoderado o sin alguien que me aconsejara, había madurado en un equivalente de año de vida por cada mes  de estancia. Entonces me daba cuenta que en España, a pesar de ya tener veintitres años y no ser tonto, me habían influido  a ser un agente pasivo de mi vida profesional y privada, situación no extraña para muchos jóvenes toreros. En mi tierra mi opinión no contaba en cuando, donde, como, con quien y por cuanto dinero toreaba, o incluso porque no toreaba en un sitio, principalmente porque nadie me lo preguntaba... y por yo pasivamente aceptarlo. En Ecuador, sin otro consejo que mi propia experiencia, yo tuve que ser el piloto que con éxito dio un buen rumbo a mi embarcación torera.

 

En España mi conducta personal estaba modelada por la interpretación ajena de cómo “debería actuar un torero” y yo, como todo joven con deseos de vivir plenamente la vida, a veces me saltaba a la torera esas caprichosas restricciones. Esto, si era posible, lo hacia a escondidas de los jueces que dictaban como debería comportarse un torero, aunque no sin tener cierto resquemor de estar infligiendo las reglas. Por el contrario, en  esos cuatro meses  y medio en Ecuador, sintiéndome más torero que nunca, y siempre con responsabilidad y medida, viví con gusto la vida social abiertamente y con mi conciencia tranquila.

 

Finalmente, pensé con anticipación en el placer de estar de nuevo con mi familia y con recelo en lo que mi apoderado me diría sobre los planes para la incipiente temporada española. Sin embargo, sobre este último asunto trataré en otra ocasión, si el 50º aniversario de esos acontecimientos me motiva a recordarlos y escribirlos.